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Inventar el futuro, por Federico Mayor Zaragoza

Martes, 28.08.12

Hay momentos, muy pocos, en los que, de pronto, el cambio es posible. Durante siglos, los seres humanos han vivido atemorizados y obedientes al poder absoluto de unos cuantos hombres. Durante siglos, la ley del más fuerte: “si quieres la paz, prepara la guerra”. Historia ensangrentada, donde la paz es tan solo una pausa, donde la creatividad humana es simple destello. Siglos y siglos de silencio, de sumisión. Siglos y siglos al cabo de los cuales las asimetrías sociales y la pobreza extrema predominan en una Tierra que también, con influencia de la actividad humana, se deteriora.

Y siglos más recientes con predominio de unos imperios a escala global.
Décadas cercanas en las que, por fin, se “escucha” al pueblo y se acepta que de él emane todo poder… que sigue siendo masculino en su inmensa mayoría, y sigue basado en la fuerza, un poder que “cuenta” a los ciudadanos en los comicios electorales, pero después no los toma en cuenta permanentemente, que en esto consiste la democracia.
Si contemplamos hoy el mundo en su conjunto veremos, con loables excepciones, que seguimos siendo súbditos, que los mecanismos que asegurarían una participación real no funcionan, no son atendidos… Los últimos estertores del capitalismo están produciendo, en la debacle ética de Occidente, no solo desgarros sociales muy graves y que va a ser difícil recomponer, sino también deslocalizaciones productivas donde la gente sigue sometida y trabaja en condiciones insoportables.
Vivimos pendientes en Occidente y, sobre todo en Europa, de las fluctuaciones de los valores bursátiles (los morales ya no existen) y de las primas de riesgo, al mismo tiempo que quienes controlan los pozos de petróleo y la mayoría de los medios de comunicación procuran que nuestro fanatismo deportivo y nuestros sentimientos de afiliación vayan supliendo cualquier otro sentimiento y reacción, y se desdibujen los auténticos grandes desafíos como los que afectan al medio ambiente, a la salud, etc.
¡Y aceptamos que grupos plutocráticos de siete, ocho o 20 países pretendan gobernar a 196!
Contemplamos impasibles como los “mercados” llegan a la desfachatez increíble de nombrar gobiernos en la propia cuna de la democracia, Grecia, y en Italia. Y no pasa nada. Vemos como el Banco Central Europeo obedece a los intereses de un solo país sobre 27… y no pasa nada.
Dejamos que el poder se halle en muy pocas manos y que sean ellos quienes, en último término, decidan… Y la gente, los pueblos, en medio de un despliegue mediático inverosímil, siguen distraídos, indiferentes, desapegados del acontecer político y sus protagonistas —¡a los que “suspenden” en todas las encuestas!— interesados tan solo en los más goleadores, en los “detalles” de las noticias más espectaculares,…
Y, por si era poco, la jerarquía eclesiástica —a la que, “con la Iglesia hemos topado, Sancho”, nadie se ha atrevido a poner en su sitio— entrometiéndose en temas educativos, éticos y científicos, en los que su incompetencia ha sido estruendosamente demostrada.
Pues bien: ha llegado el momento de la inflexión histórica a la dignidad de todos los seres humanos sin excepción, que no pudo llevarse a término en 1944 con Roosevelt y la ONU; ni en 1962 con Kennedy; ni en 1990 con Gorbachov y Nelson Mandela, al final de la guerra fría, porque se impusieron las ambiciones hegemónicas de Estados Unidos acompañados, como es habitual, por Reino Unido… ¡Y hemos aceptado que, marginando a las Naciones Unidas, unos grupos plutocráticos de siete, ocho o 20 países pretendan gobernar a 196!
Hollande puede representar el inicio de una “nueva era” en la UE y el segundo mandato de Obama puede hacer lo mismo en EE UU… y mucho más allá
Ahora es tiempo de cambios radicales porque por primera vez en la historia coinciden tres características favorables a escala planetaria:
  1. Conciencia global, que permite apreciar mejor lo que se tiene y conocer las precariedades ajenas, incrementando la solidaridad;
  2. Mayor número de mujeres en la toma de decisiones;
  3. La posibilidad de participación no presencial, gracias a la moderna tecnología de la comunicación y de la información.
Pero en la Unión Europea donde todavía prevalece “el gran dominio” militar, financiero, energético y mediático, y en Estados Unidos con un Partido Republicano insolidario y ultraconservador, es muy difícil imaginar una movilización a gran escala, aunque si tenemos en cuenta el conjunto de la Tierra y no solo a Occidente, es muy posible —¡ya era hora!— que las innumerables insumisiones pacíficas hayan ido tejiendo su “primavera” y estén —¡el 99% de la humanidad!— esperando la oportunidad de pasar a la acción.
Hollande puede representar el inicio de una “nueva era” en la Unión Europea y el segundo mandato de Obama puede hacer lo mismo en Estados Unidos… y mucho más allá.
Este “nuevo comienzo”, que representaría la superación conceptual y práctica del capitalismo y del comunismo, implicaría en poco tiempo nuevas pautas económicas, financieras y estructurales así como nuevas directrices relativas al medio ambiente y las condiciones para la vida digna de los seres humanos.
El por-venir está por-hacer. La primera “invención” debería ser liderada por los Estados Unidos, pero con el apoyo de todos los países del mundo, con unas Naciones Unidas que, al garantizar, mediante alianzas, las condiciones geoestratégicas adecuadas y las aportaciones nacionales que correspondan a la seguridad común, a través de los Cascos Azules, permitieran un inmediato y profundo decrecimiento de los gastos en armamento.
Además del Consejo de Seguridad “Territorial” existirían, como ya he tenido ocasión de comentar, un Consejo de Seguridad Medioambiental y otro Socio-económico.
La refundación del Sistema de las Naciones Unidas implicaría una Asamblea General integrada en un 50% por Estados pero el otro 50% —“Nosotros, los pueblos”…— por representantes de la sociedad civil. Desaparecerían los vetos actuales, sustituyéndose por una votación ponderada.
Esta refundación del Sistema debería ir acompañada, ineludiblemente, por una gran y eficiente reestructuración de la justicia internacional para permitir, en todos los ámbitos delictivos, una acción rápida y bien coordinada. En otras ocasiones he referido las funciones locales, nacionales y regionales que podrían aportar soluciones imprescindibles para la gran inflexión: cuestiones de desarrollo sostenible; acción diligente y eficaz, con la cooperación regional apropiada contra catástrofes naturales o provocadas; atención a las prioridades propias de la “igual dignidad de todos los seres humanos”, para facilitar, sin excepción alguna, los requisitos propios de una vida digna (nutrición, agua, salud, educación)…
Hoy quiero insistir, por su siniestra influencia en el proceder nacional e internacional de los pueblos, en el consumo y tráfico de drogas. Esta debería ser otra de las “invenciones” que cambiarían el mundo en muy poco tiempo. Como sucede en el caso del consumo de alcohol y de tabaco, hay que hacer responsables a los consumidores, con las oportunas campañas mediáticas y de educación a todos los niveles, y disponer de la atención sanitaria que, en su calidad de pacientes, corresponda. La drástica disminución del precio de las drogas eliminaría el narcoterrorismo que hoy, a través de los paraísos fiscales, constituye uno de los más perversos retos a la acción política mundial.
Innovación política, económica y social. La naturaleza del empleo y del trabajo bien diferenciada, cuando simultáneamente se procuran fuentes alternativas de financiación, como el impuesto sobre transacciones financieras.
También en este “nuevo comienzo” será necesario, con rapidez y buen tino, compartir adecuadamente los beneficios que se obtienen de la explotación de los recursos naturales (mineros, petrolíferos…) entre aquellos que poseen la tecnología y los “propietarios” de riquezas naturales.
Será un mundo multipolar, con considerables influencias regionales, con una notoria y progresiva federación de Estados.
Inventar el futuro con ciudadanos del mundo, capaces de conocerse y concertarse a través de las redes sociales virtuales de creciente importancia y capacidad de movilización, que de manera apremiante propondrán y “votarán” soluciones a los distintos problemas planteados, pasando a ser una parte relevante del funcionamiento democrático a escala local y planetaria.
La demografía y mayor longevidad favorecerán que sean millones las opiniones y las propuestas. La inmensa diversidad geográfica se verá compensada por la “cercanía” de quienes, desde lugares muy apartados, compartirán sus puntos de vista.
Es una nueva cosmovisión, con nuevos estilos de vida. El gran desafío a la vez personal y colectivo es cambiar el modelo de vida. Esto es lo más difícil de conseguir, aunque muchos de los “hábitos” actuales permanecerán en proporciones apreciables.
El mundo entra en una nueva era. Tenemos muchas cosas que conservar para el futuro y muchas otras que cambiar decididamente. Por fin, los pueblos. Por fin, la voz de la gente. Por fin, el poder ciudadano. Por fin, la palabra y no la fuerza. Una cultura de paz y nunca más una cultura de guerra.
En resumen, es preciso inventar la “nueva” democracia. Más democracia, mejor democracia, a todas las escalas: personal, local, mundial.
Frente a un mundo a la deriva, es preciso y posible inventar el futuro. Al igual que en 1948 la Declaración Universal de los Derechos Humanos marcó los puntos de referencia ética para la humanidad, convendría ahora que una Declaración Universal de la Democracia aunara los “inventos” locales y mundiales para poder legar a las generaciones venideras un mundo “liberado del miedo” y del “horror de la guerra”, como establecen la Declaración de Derechos Humanos y la Carta de las Naciones Unidas, respectivamente.
Inventar el futuro, un nuevo comienzo.
Publicado en El País

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