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De cómo el personaje fue maestro y el autor su aprendiz

Lunes, 08.03.10

Discurso de aceptación del Premio Nobel, 1998

El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir. A las cuatro de la madrugada, cuando la promesa de un nuevo día aún venía por tierras de Francia, se levantaba del catre y salía al campo, llevando a pastar la media docena de cerdas de cuya fertilidad se alimentaban él y la mujer. Vivían de esta escasez mis abuelos maternos, de la pequeña cría de cerdos que después del destete eran vendidos a los vecinos de la aldea, Azinhaga de nombre, en la provincia del Ribatejo. Se llamaban Jerónimo Meirinho y Josefa Caixinha esos abuelos, y eran analfabetos uno y otro. En el invierno, cuando el frío de la noche apretaba hasta el punto de que el agua de los cántaros se helaba dentro de la casa, sacaban de las pocilgas a los lechones más débiles y se los llevaban a su cama. Debajo de las mantas ásperas, el calor de los humanos libraba a los animalillos de una muerte cierta. Aunque fuera gente de buen carácter, no procedían así por delicadeza de alma compasiva: lo que les preocupaba, sin sentimentalismos niretóricas, era proteger su pan de cada día, con la naturalidad de quien, para mantener la vida, no aprendió a pensar más de lo indispensable. Ayudé muchas veces a mi abuelo Jerónimo en sus andanzas de pastor, cavé muchas veces la tierra del huerto anejo a la
casa y corté leña para la lumbre, muchas veces, dando vueltas y vueltas a la rueda dehierro que accionaba la bomba, hice subir agua del pozo comunitario y la transporté al hombro, muchas veces, a escondidas de los guardas, fui con mi abuela, también de madrugada, pertrechados de rastrillo, paño y cuerda, a recoger en los rastrojos la paja suelta que después habría de servir para lecho del ganado. Y algunas veces, en noches calurosas de verano, después de la cena, mi abuelo me decía: «José, hoy vamos a dormir los dos debajo de la higuera». Había otras dos higueras, pero aquélla, ciertamente por ser la mayor, por ser la más antigua, por ser la de siempre, era, para todas las personas de la casa, la higuera. Más o menos por antonomasia, palabra erudita que sólo muchos años después acabaría conociendo y sabiendo lo que significaba... En medio de la paz
nocturna, entre las ramas altas del árbol, una estrella se me aparecía y después, lentamente, se escondía detrás de una hoja, y, mirando en otra dirección, tal como un río corriendo en silencio por el cielo cóncavo, surgía la claridad traslúcida de la Vía Láctea, el Camino de Santiago, como todavía la llamábamos en la aldea. Mientras el sueño llegaba, la noche se poblaba con las historias y los sucesos que mi abuelo me iba contando: leyendas, apariciones, asombros, episodios singulares, muertes antiguas, escaramuzas de palo y piedra, palabras de antepasados, un incansable rumor de memorias que me mantenía despierto, al mismo tiempo que suavemente me acunaba.


Nunca supe si él se callaba cuando descubría que me había dormido, o seguía hablando para no dejar a medias la respuesta a la pregunta que invariablemente le hacía en las pausas más demoradas que él, a propósito, introducía en el relato: «¿Y después?». Tal vez repitiese las historias para sí mismo, quizá para no olvidarlas, quizá para enriquecerlas con peripecias nuevas. En aquella edad mía y en aquel tiempo de todos
nosotros, no será necesario decir que imaginaba a mi abuelo Jerónimo como señor de toda la ciencia del mundo. Cuando, con la primera luz de la mañana, el canto de los pájaros me despertaba, él ya no estaba allí, se había ido al campo con sus animales, dejándome dormir. Entonces me levantaba, doblaba la manta y descalzo (en la aldea anduve siempre descalzo hasta los catorce años), todavía con pajas enredadas en el pelo, pasaba de la parte cultivada del huerto a la otra, donde se situaban las pocilgas, al lado de la casa. Mi abuela, en pie desde antes que mi abuelo, me ponía delante un tazón de café con trozos de pan y me preguntaba si había dormido bien. Si le contaba algún mal sueño nacido de las historias del abuelo, ella siempre me tranquilizaba: «No hagas caso,
en los sueños no hay firmeza». Pensaba entonces que mi abuela, aunque también fuese
una mujer muy sabia, no alcanzaba las alturas de mi abuelo, ese que, tumbado debajo de
la higuera, con el nieto José al lado, era capaz de poner el universo en movimiento
apenas con dos palabras. Muchos años después, cuando mi abuelo ya se había ido de
este mundo y yo era un hombre hecho, llegué a comprender que mi abuela, también
ella, creía en los sueños. Otra cosa no podía significar el que, estando sentada una
noche, ante la puerta de su pobre casa, donde entonces vivía sola, mirando las estrellas
mayores y menores de encima de su cabeza, hubiese dicho estas palabras: «El mundo es
tan bonito y yo tengo tanta pena de morir». No dijo miedo de morir, dijo pena de
morir, como si la vida de pesadilla y continuo trabajo que había sido la suya, en aquel
momento casi final, estuviese recibiendo la gracia de una suprema y última despedida, el
consuelo de la belleza revelada. Estaba sentada a la puerta de una casa, como no creo
que haya habido alguna otra en el mundo, porque en ella vivió gente capaz de dormir
con cerdos como si fuesen sus propios hijos, gente que tenía pena de irse de la vida sólo
porque el mundo era bonito, gente, y ése fue mi abuelo Jerónimo, pastor y contador de
historias que, al presentir que la muerte venía a buscarlo, se despidió de los árboles de su
huerto uno por uno, abrazándolos y llorando porque sabía que no los volvería a ver.
Muchos años después, escribiendo por primera vez sobre mi abuelo Jerónimo y mi
abuela Josefa (me ha faltado decir que ella había sido, según cuantos la conocieron de
joven, de una belleza inusual), tuve conciencia de que estaba transformando las
personas comunes que habían sido en personajes literarios, y que ésa era,
probablemente, la manera de no olvidarlos, dibujando y volviendo a dibujar sus rostros
con el lápiz siempre cambiante del recuerdo, coloreando e iluminando la monotonía de
una cotidianidad opaca y sin horizontes, como quien va recreando sobre el inestable
mapa de la memoria la irrealidad sobrenatural del país en que ha decidido vivir. La
misma actitud de espíritu que, después de haber evocado la fascinante y enigmática
figura de un cierto bisabuelo bereber, me llevaría a describir más o menos en estos
términos un viejo retrato (hoy ya casi con ochenta años) donde mis padres aparecen:
«Están los dos de pie, bellos y jóvenes, de frente ante el fotógrafo, mostrando en el
rostro una expresión de solemne gravedad que es tal vez temor delante de la cámara, en
el instante en que el objetivo va a fijar de uno y del otro la imagen que nunca más
volverán a tener, porque el día siguiente será implacablemente otro día... Mi madre
apoya el codo derecho en una alta columna y sostiene en la mano izquierda, caída a lo
largo del cuerpo, una flor. Mi padre pasa el brazo por la espalda de mi madre y su mano
callosa aparece sobre el hombro de ella como un ala. Ambos pisan tímidos una
alfombra floreada. La tela que sirve de fondo postizo al retrato muestra unas difusas e
incongruentes arquitecturas neoclásicas». Y terminaba: «Tendría que llegar el día en
que contaría estas cosas. Nada de esto tiene importancia a no ser para mí. Un abuelo
bereber, llegando del norte de África, otro abuelo pastor de cerdos, una abuela
maravillosamente bella, unos padres graves y hermosos, una flor en un retrato ¿qué otra
genealogía puede importarme?, ¿en qué mejor árbol me apoyaría?».
Escribí estas palabras hace casi treinta años sin otra intención que no fuese reconstruir y
registrar instantes de la vida de las personas que me engendraron y que estuvieron más
cerca de mí, pensando que no necesitaría explicar nada más para que supiese de dónde
vengo y de qué materiales se hizo la persona que comencé siendo y ésta en que poco a
poco me he convertido. Ahora descubro que estaba equivocado, la biología no
determina todo y en cuanto a la genética, muy misteriosos habrán sido sus caminos para
haber dado una vuelta tan larga. A mi árbol genealógico (perdóneseme la presunción de
designarlo así, siendo tan menguada la sustancia de su savia) no le faltaban sólo algunas
de aquellas ramas que el tiempo y los sucesivos encuentros de la vida van desgajando del
tronco central. También le faltaba quien ayudase a sus raíces a penetrar hasta las capas
subterráneas más profundas, quien apurase la consistencia y el sabor de sus frutos, quien
ampliase y robusteciese su copa para hacer de ella abrigo de aves migratorias y amparo
de nidos. Al pintar a mis padres y a mis abuelos con tintas de literatura,
transformándolos, de las simples personas de carne y hueso que habían sido, en
personajes nuevamente y de otro modo constructores de mi vida, estaba, sin darme
cuenta, trazando el camino por donde los personajes que habría de inventar, los otros,
los efectivamente literarios, fabricarían y me traerían los materiales y las herramientas
que, finalmente, en lo bueno y en lo menos bueno, en lo bastante y en lo insuficiente, en
lo ganado y en lo perdido, en aquello que es defecto pero también en aquello que es
exceso, acabarían haciendo de mí la persona en que hoy me reconozco: creador de esos
personajes y, al mismo tiempo, criatura de ellos. En cierto sentido se podría decir que,
letra a letra, palabra a palabra, página a página, libro a libro, he venido, sucesivamente,
implantando en el hombre que fui los personajes que creé. Considero que sin ellos no
sería la persona que hoy soy, sin ellos tal vez mi vida no hubiese logrado ser más que un
esbozo impreciso, una promesa como tantas otras que de promesa no consiguieron
pasar, la existencia de alguien que tal vez pudiese haber sido y no llegó a ser.
Ahora soy capaz de ver con claridad quiénes fueron mis maestros de vida, los que más
intensamente me enseñaron el duro oficio de vivir, esas decenas de personajes de novela
y de teatro que en este momento veo desfilar ante mis ojos, esos hombres y esas mujeres,
hechos de papel y de tinta, esa gente que yo creía que iba guiando de acuerdo con mis
conveniencias de narrador y obedeciendo a mi voluntad de autor, como títeres
articulados cuyas acciones no pudiesen tener más efecto en mí que el peso soportado y
la tensión de los hilos con que los movía. De esos maestros, el primero fue, sin duda, un
mediocre pintor de retratos que designé simplemente por la letra H., protagonista de
una historia a la que considero razonable llamar de doble iniciación (la de él, aunque
también, de algún modo, la del autor del libro), protagonista de una historia titulada
Manual de pintura y caligrafía, que me enseñó la honradez elemental de reconocer y
acatar, sin resentimientos ni frustraciones, mis propios límites: no pudiendo ni
ambicionando aventurarme más allá de mi pequeño campo de cultivo, me quedaba la
posibilidad de cavar hacia el fondo, hacia abajo, hacia las raíces. Las mías, pero también
las del mundo, si podía permitirme una ambición tan desmedida. No me compete a mí,
claro está, evaluar el mérito del resultado de los esfuerzos realizados, pero creo que es
hoy patente que todo mi trabajo, de ahí en adelante, ha obedecido a ese propósito y a
ese principio.
Vinieron después los hombres y las mujeres del Alentejo, aquella misma hermandad de
condenados de la tierra a la que pertenecieron mi abuelo Jerónimo y mi abuela Josefa,
campesinos rudos obligados a alquilar la fuerza de los brazos a cambio de un salario y de
condiciones de trabajo que sólo merecen el nombre de infames, cobrando por menos
que nada la vida a la que los seres cultos y civilizados que nos preciamos de ser
llamamos, según las ocasiones, preciosa, sagrada y sublime. Gente sencilla que conocí,
engañada por una Iglesia tan cómplice como beneficiaria del poder del Estado y de los
terratenientes latifundistas, gente permanentemente vigilada por la policía, gente,
cuántas y cuántas veces, víctima inocente de las arbitrariedades de una justicia falsa. Tres
generaciones de una familia de campesinos, los Mau-Tempo, desde el comienzo del siglo
hasta la Revolución de Abril de 1974 que derrumbó la dictadura, pasan por esa novela a
la que di el título de Levantado del suelo, y fue con tales hombres y mujeres del suelo
levantados, personas reales primero, personajes de ficción después, con quienes aprendí
a ser paciente, a confiar y a entregarme al tiempo, a ese tiempo que simultáneamente
nos va construyendo y destruyendo para de nuevo construirnos y otra vez destruirnos.
No tengo la seguridad de haber asimilado de manera satisfactoria aquello que la dureza
de las experiencias tomó virtud en esas mujeres y en esos hombres: una actitud
naturalmente estoica ante la vida. Teniendo en cuenta, sin embargo, que la lección
recibida, pasados más de veinte años, permanece intacta en mi memoria, que todos los
días la siento presente en mi espíritu como una insistente convocatoria, no he perdido,
hasta ahora, la esperanza de llegar a ser un poco más merecedor de la grandeza de los
ejemplos de dignidad que me fueron propuestos en la inmensidad de las planicies del
Alentejo. El tiempo lo dirá.
¿Qué otras lecciones podría recibir de un portugués que vivió en el siglo XVI, que
compuso las rimas y las glorias, los naufragios y los desencantos patrios de Os Lusíadas,
que fue un genio poético absoluto, el mayor de nuestra literatura, por mucho que eso le
pese a Femando Pessoa, que a sí mismo se proclamó como el Súper Camoens de ella?
Ninguna lección que estuviese a mi alcance, ninguna lección que yo fuese capaz de
aprender, salvo la más simple que me podría ser ofrecida por el hombre Luis Vaz de
Camoens en su más profunda humanidad, por ejemplo, la humildad orgullosa de un
autor que va llamando a todas las puertas en busca de quien esté dispuesto a publicar el
libro que escribió, sufriendo por eso el desprecio de los ignorantes de sangre y de casta,
la indiferencia desdeñosa de un rey y de su corte de poderosos, el escarnio con que
desde siempre el mundo ha recibido la visita de los poetas, de los visionarios y de los
locos. Al menos una vez en la vida, todos los autores tuvieron o tendrán que ser Luis de
Camoens, aunque no escriban las redondillas de Sôbolos rios. Entre hidalgos de la corte
y censores del Santo Oficio, entre los amores de antaño y las desilusiones de la vejez
prematura, entre el dolor de escribir y la alegría de haber escrito, fue a este hombre
enfermo que regresa pobre de la India, adonde muchos sólo iban para enriquecerse, fue
a este soldado ciego de un ojo y golpeado en el alma, fue a este seductor sin fortuna que
no volverá nunca más a perturbar los sentidos de las damas de palacio, a quien yo puse a
vivir en el escenario de la pieza de teatro llamada Que farei com este livro? (¿Qué haré con
este libro?), en cuyo final resuena otra pregunta, aquella que importa verdaderamente,
aquella que nunca sabremos si alguna vez llegará a tener respuesta suficiente: «Qué
haréis con este libro?». Humildad orgullosa fue esa de llevar debajo del brazo una obra
maestra y verse injustamente rechazado por el mundo. Humildad orgullosa también, y
obstinada, esta de querer saber para qué servirán mañana los libros que vamos
escribiendo hoy, y luego dudar que consigan perdurar largamente (¿hasta cuándo?) las
razones tranquilizadoras que quizás nos estén siendo dadas o que estamos dándonos a
nosotros mismos. Nadie se engaña mejor que cuando consiente que lo engañen otros...
Se aproximan ahora un hombre que se dejó la mano izquierda en la guerra y una mujer
que vino al mundo con el misterioso poder de ver lo que hay detrás de la piel de las
personas. El se llama Baltasar Mateus y tiene el apodo de Siete Soles, a ella la conocen
como Blimunda y también por el apodo de Siete Lunas que le fue añadido después,
porque está escrito que donde haya un sol habrá una luna y que sólo la presencia
conjunta de uno y otra tornará habitable, por el amor, la Tierra. Se aproxima también
un padre jesuita llamado Bartolomeu que inventó una máquina capaz de subir al cielo y
volar sin otro combustible que no sea la voluntad humana, esa que según se viene
diciendo, todo lo puede, aunque no pudo, no supo, o no quiso, hasta hoy, ser el sol y la
luna de la simple bondad o del todavía más simple respeto. Son tres locos portugueses
del siglo XVIII en un tiempo y en un país donde florecieron las supersticiones y las
hogueras de la Inquisición, donde la vanidad y la megalomanía de un rey hicieron
levantar un convento, un palacio y una basílica que asombrarían al mundo exterior, en
el caso poco probable de que este mundo tuviera ojos suficientes para ver a Portugal, tal
como sabemos que los tenía Blimunda para ver lo que escondido estaba. Y también se
aproxima una multitud de millares de hombres con las manos sucias y callosas, con el
cuerpo exhausto de haber levantado, durante años sin fin, piedra a piedra, los muros
implacables del convento, las alas enormes del palacio, las columnas y las pilastras, los
aéreos campanarios, la cúpula de la basílica suspendida sobre el vacío. Los sonidos que
estamos oyendo son los del clavicordio del Domenico Scarlatti, que no sabe si debe reír
o llorar. Esta es la historia del Memorial del convento, un libro en que el aprendiz de
autor, gracias a lo que le venía siendo enseñado desde el antiguo tiempo de sus abuelos
Jerónimo y Josefa, consiguió escribir palabras como éstas, donde no está ausente alguna
poesía: «Además de la conversación de las mujeres, son los sueños los que sostienen al
mundo en su órbita. Pero son también los sueños los que le hacen una corona de lunas,
por eso el cielo es el resplandor que hay dentro de la cabeza de los hombres, si no es la
cabeza de los hombres el propio y único cielo». Que así sea.
De las lecciones de poesía, sabía ya alguna cosa el adolescente, aprendidas en sus libros
de texto cuando, en una escuela de enseñanza profesional de Lisboa, andaba
preparándose para el oficio que ejerció en el comienzo de su vida de trabajo: el de
mecánico cerrajero. Tuvo también buenos maestros del arte poética en las largas horas
nocturnas que pasó en bibliotecas públicas, leyendo al azar de encuentros y de
catálogos, sin orientación, sin alguien que lo aconsejase, con el mismo asombro creador
del navegante que va inventando cada lugar que descubre. Pero fue en la biblioteca de la
escuela industrial donde El año de la muerte de Ricardo Reis comenzó a ser escrito. Allí
encontró un día el joven aprendiz de cerrajero (tendría entonces diecisiete años) una
revista —Atena era el título— en la que había poemas firmados con aquel nombre y,
naturalmente, siendo tan mal conocedor de la cartografía literaria de su país, pensó que
existía en Portugal un poeta que se llamaba así: Ricardo Reis. No tardó mucho tiempo
en saber que el poeta propiamente dicho era un tal Fernando Nogueira Pessoa, que
firmaba poemas con nombres de poetas inexistentes nacidos en su cabeza y a quienes
llamaba heterónimos, palabra que no constaba en los diccionarios de la época, por eso le
costó tanto trabajo al aprendiz de letras saber lo que ello significaba. Aprendió de
memoria muchos poemas de Ricardo Reis («Para ser grande sé entero / Pon cuanto
eres en lo más pequeño que hagas») (« Para ser grande sé intero / Páe quanto és no
mínimo que fazes»), pero no podía resignarse, a pesar de ser tan joven e ignorante, a que
un espíritu superior hubiese podido concebir, sin remordimiento, este verso cruel:
(«Sabio es el que se contenta con el espectáculo del mundo») (« Sábio é o que se
contenta com o espectáculo do mundo»). Mucho, mucho tiempo después, el aprendiz, ya
con el pelo blanco y un poco más sabio de sus propias sabidurías, se atrevió a escribir
una novela para mostrar al poeta de las Odas algo de lo que era el espectáculo del
mundo en ese año de 1936 en que lo puso a vivir sus últimos días: la ocupación de la
Renania por el ejército nazi, la guerra de Franco contra la República española, la
creación por Salazar de las milicias fascistas portuguesas. Fue como si estuviese
diciéndole: «He ahí el espectáculo del mundo, mi poeta de las amarguras serenas y del
escepticismo elegante. Disfruta, goza, contempla, ya que estar sentado es tu
sabiduría...».
El año de la muerte de Ricardo Reis terminaba con unas palabras melancólicas: «Aquí
donde el mar acabó y la tierra espera». Por tanto no habría más descubrimientos para
Portugal, como destino sólo una espera infinita de futuros ni siquiera imaginables: el
fado de costumbre, la saudade de siempre y poco más... Entonces el aprendiz pensó que
tal vez hubiese una manera de volver a lanzar los barcos al agua, por ejemplo mover la
propia tierra y ponerla a navegar mar adentro. Fruto inmediato del resentimiento
colectivo portugués por los desdenes históricos de Europa (sería más exacto decir fruto
de mi resentimiento personal...), la novela que entonces escribí —La balsa de piedra—
separó del continente europeo a toda la península Ibérica, transformándola en una gran
isla flotante, moviéndose sin remos ni velas, ni hélices en dirección al Sur del mundo,
«masa de piedra y tierra cubierta de ciudades, aldeas, ríos, bosques, fábricas, bosques
bravíos, campos cultivados, con su gente y sus animales», en camino de una utopía
nueva: el encuentro cultural de los pueblos peninsulares con los pueblos del otro lado
del Atlántico, desafiando así, a tanto se atrevió mi estrategia, el dominio sofocante que
los Estados Unidos de la América del Norte vienen ejerciendo en aquellos parajes. Una
visión dos veces utópica entendería esta ficción política como una metáfora mucho más
generosa y humana: que Europa, toda ella, deberá trasladarse hacia el sur de manera
que, en compensación de sus abusos coloniales, antiguos y modernos, ayude a equilibrar
el mundo. Es decir, Europa finalmente como ética. Los personajes de La balsa de piedra
—dos mujeres, tres hombres y un perro— viajan incansablemente a través de la
Península mientras ella va surcando el océano. El mundo está cambiando y ellos saben
que deben buscar en sí mismos las personas nuevas en que se convertirán (sin olvidar al
perro que no es un perro como los otros...). Eso les basta.
Recordó entonces el aprendiz que en tiempos de su vida había hecho algunas
correcciones de pruebas de libros y que si en La balsa de piedra hizo, por decirlo así,
revisión del futuro, no estaría mal que revisara ahora el pasado inventando una novela
que se llamaría Historia del cerco de Lisboa, en la que un corrector trabajando en un
libro del mismo título, aunque de historia, y cansado de ver cómo la citada historia cada
vez es menos capaz de sorprender, decide poner en lugar de un «sí» un «no»,
subvirtiendo la autoridad de las «verdades históricas». Raimundo Silva, así se llamaba
el revisor, es un hombre simple, vulgar, que sólo se distingue de la mayoría al creer que
todas las cosas tienen su lado visible y su lado invisible y que no sabremos nada de ellas
hasta que no les hayamos dado la vuelta completa. De eso precisamente trata una
conversación que tiene con el historiador. Así: «Les recuerdo que los correctores han
visto mucho de literatura y vida, Mi libro, se lo recuerdo, es de historia, No es propósito
mío apuntar otras contradicciones, profesor, en mi opinión, todo lo que no es vida es
literatura, La historia también, La historia sobre todo, sin querer ofender, Y la pintura, y
la música, La música va resistiéndose desde que nació, unas veces va, otras viene, quiere
librarse de la palabra, supongo que por envidia, pero regresa siempre a la obediencia, Y
la pintura, Mire, la pintura no es más que la literatura hecha con pinceles, Espero que
no se haya olvidado de que la humanidad comenzó pintando mucho antes de saber
escribir, Conoce el refrán, si no tienes perro caza con el gato, o dicho de otra manera,
quien no puede escribir, pinta, o dibuja, es lo que hacen los niños, Lo que usted quiere
decir, con otras palabras, es que la literatura ya existía antes de haber nacido, Sí señor,
como el hombre, dicho con otras palabras, antes de serlo ya lo era, Me parece que usted
equivocó la vocación, debería ser historiador, Me falta preparación, profesor, qué puede
un simple hombre hacer sin preparación, mucha suerte he tenido viniendo al mundo
con la genética organizada, pero, por decirlo así, en estado bruto, y después sin más
pulimento que las primeras letras que se quedaron como únicas, Podía presentarse
como autodidacta, producto de su propio y digno esfuerzo, no es ninguna vergüenza,
antiguamente la sociedad estaba orgullosa de sus autodidactas, Eso se acabó, llegó el
desarrollo y se acabó, los autodidactas son vistos con malos ojos, sólo los que escriben
versos o historias para distraer están autorizados a ser autodidactas, pero yo para la
creación literaria no tengo habilidad, Entonces métase a filósofo, Usted es un
humorista, cultiva la ironía, me pregunto por qué se ha dedicado a la historia, siendo
tan grave y profunda ciencia, Sólo soy irónico en la vida real, Ya me parecía a mí que la
historia no es la vida real, literatura sí, y nada más, Pero la historia fue vida real en el
tiempo en que todavía no se le podía llamar historia, Entonces usted cree, profesor, que
la historia es la vida real, Lo creo, sí. Que la historia fue vida real, quiero decir. No tengo
la menor duda, Qué sería de nosotros si el deleatur que todo lo borra no existiese,
suspiró el corrector». Excusado será añadir que el aprendiz aprendió con Raimundo
Silva la lección de la duda. Ya era hora.
Fue probablemente este aprendizaje de la duda el que le llevó, dos años más tarde, a
escribir El Evangelio según Jesucristo. Es cierto, y él lo ha dicho, que las palabras del
título le surgieron por efecto de una ilusión óptica, pero es legítimo que nos
interroguemos si habría sido el sereno ejemplo del corrector el que, en ese tiempo, le
anduvo preparando el terreno de donde habría de brotar la nueva novela. Esta vez no se
trataba de mirar por detrás de las páginas del Nuevo Testamento a la búsqueda de
contradicciones, sino de iluminar con una luz rasante la superficie de esas páginas,
corno se hace con una pintura para resaltarle los relieves, las señales de paso, la
oscuridad de las depresiones. Fue así como el aprendiz, ahora rodeado de personajes
evangélicos, leyó, corno si fuese la primera vez, la descripción de la matanza de los
inocentes y habiéndola leído, no comprendió. No comprendió que pudiese haber
mártires de una religión que aún tenía que esperar treinta años para que su fundador
pronunciase la primera palabra de ella, no comprendió que no hubiese salvado la vida
de los niños de Belén precisamente la única persona que lo podría haber hecho, no
comprendió la ausencia, en José, de un sentimiento mínimo de responsabilidad, de
remordimiento, de culpa o siquiera de curiosidad, después de volver de Egipto con su
familia. Tampoco se podrá argumentar, en defensa de la causa, que fue necesario que los
niños de Belén murieran para que pudiese salvarse la vida de Jesús: el simple sentido
común, que todas las cosas, tanto las humanas como las divinas, debería presidir, está
ahí para recordarnos que Dios no enviaría a su hijo a la Tierra, con el encargo de
redimir los pecados de la humanidad, para que muriera a los dos años de edad degollado
por un soldado de Herodes... En ese Evangelio escrito por el aprendiz con el respeto que
merecen los grandes dramas, José será consciente de su culpa, aceptará el
remordimiento en castigo de la falta que cometió y se dejará conducir a la muerte casi
sin resistencia, corno si eso le faltase todavía para liquidar sus cuentas con el mundo. El
Evangelio del aprendiz no es, por tanto, una leyenda edificante más de bienaventurados
y de dioses, sino la historia de unos cuantos seres humanos sujetos a un poder contra el
cual luchan, pero al que no pueden vencer. Jesús, que heredará las sandalias con las que
su padre había pisado el polvo de los caminos de la tierra, también heredará el
sentimiento trágico de responsabilidad y de culpa que nunca lo abandonará, incluso
cuando levante la voz desde lo alto de la cruz: «Hombres, perdonadle, porque él no
sabe lo que hizo», refiriéndose al Dios que lo condujo hasta allí, aunque quién sabe si
recordando todavía, en esa última agonía, a su padre auténtico, aquel que, en la carne y
en la sangre, humanamente lo engendró. Como se ve, el aprendiz ya había hecho un
largo viaje cuando en su herético Evangelio escribió las últimas palabras del diálogo en
el templo entre Jesús y el escriba: «La culpa es un lobo que se come al hijo después de
haber devorado al padre, dijo el escriba, Ese lobo de que hablas ya se ha comido a mi
padre, dijo Jesús, Entonces sólo falta que te devore a ti, Y tú, en tu vida, fuiste comido o
devorado, No sólo comido y devorado, también vomitado, respondió el escriba».
Si el emperador Carlomagno no hubiese establecido en el norte de Alemania un
monasterio, si ese monasterio no hubiese dado origen a la ciudad de Münster, si
Münster no hubiese querido celebrar los mil doscientos años de su fundación con una
ópera sobre la pavorosa guerra que enfrentó en el siglo XVI a protestantes anabaptistas
y católicos, el aprendiz no habría escrito la pieza de teatro que tituló In nomine Dei.
Una vez más, sin otro auxilio que la pequeña luz de su razón, el aprendiz tuvo que
penetrar en el oscuro laberinto de las creencias religiosas, esas que con tanta facilidad
llevan a los seres humanos a matar y a dejarse matar. Y lo que vio fue nuevamente la
máscara horrenda de la intolerancia, una intolerancia que en Münster alcanzó el
paroxismo demencial, una intolerancia que insultaba la propia causa que ambas partes
proclamaban defender. Porque no se trataba de una guerra en nombre de dos dioses
enemigos, sino de una guerra en nombre de un mismo dios. Ciegos por sus propias
creencias, los anabaptistas y los católicos de Münster no fueron capaces de comprender
la más clara de todas las evidencias: en el día del Juicio Final, cuando unos y otros se
presenten a recibir el premio o el castigo que merecieron sus acciones en la tierra, Dios,
si en sus decisiones se rige por algo parecido a la lógica humana, tendrá que recibir en el
Paraíso tanto a unos como a otros, por la simple razón de que unos y otros en él creían.
La terrible carnicería de Münster enseñó al aprendiz que, al contrario de lo que
prometieron, las religiones nunca han servido para aproximar a los hombres y que la
más absurda de todas las guerras es una guerra religiosa, teniendo en cuenta que Dios
no puede, aunque quisiese, declararse la guerra a sí mismo...
Ciegos. El aprendiz pensó «estamos ciegos», y se sentó a escribir el Ensayo sobre la
ceguera para recordar a quien lo leyera que usamos perversamente la razón cuando
humillarnos la vida, que la dignidad del ser humano es insultada todos los días por los
poderosos de nuestro mundo, que la mentira universal ocupa el lugar de las verdades
plurales, que el hombre dejó de respetarse a sí mismo cuando perdió el respeto que
debía a su semejante. Después, el aprendiz, como si intentara exorcizar a los monstruos
engendrados por la ceguera de la razón, se puso a escribir la más simple de todas las
historias: una persona que busca a otra persona sólo porque comprende que la vida no
tiene nada más importante que pedirle a un ser humano. El libro se llama Todos los
nombres. No escritos, todos nuestros nombres están allí. Los nombres de los vivos y los
nombres de los muertos.
Termino. La voz que leyó estas páginas quiso ser el eco de las voces conjuntas de mis
personajes. No tengo, a buen decir, más voz que la voz que ellos tienen. Perdóneseme si
les ha parecido poco esto que para mí es todo.
7 de Diciembre de 1998

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