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Wikileaks y los mandarines

Lunes, 29.11.10

Hace días el mundo se ha conmocionado. Wikileaks revela una serie de informaciones quefjs dinamitan la trama informativa en la que vivimos. Inicialmente me deja perplejo contemplar cómo las altas instancias gubernamentales viven en un nivel de realidad en el que todo importa menos la verdad, la justicia y la transparencia. Después me pregunto qué es lo que hemos hecho mal, como colectividad de personas, para tolerar este tipo de comportamientos. Sin embargo, debería darme cuenta de que los que detentan el poder han sufrido una mutación en sus mentes. Quiero decir, han dejado de pensar como todos nosotros, como las personas que viven y sufren, como los trabajadores que se levantan de sol a sol para propiciar pan a sus familias o como la familia Couso.

Ellos, los que manejan el aparato del poder, están fuera de nuestras redes cívicas: se han situado en un parnaso donde el control está fuera de la vista pública, aparte del buen flujo que una comunidad genera. Viven enajenados en lo que podríamos llamar El Poder. Son, de hecho, El Poder. Sus mentes se han acostumbrado tanto a eso que ya no distinguen entre la verdad y la mentira, entre el bien y el mal. Son solo sombras de lo que eran antes de empezar su gira en la ascendente carrera política.

Es obvio ver aquí una distinción fundamental: por un lado, la gente común, los que vivimos en la calle y convivimos entre nosotros, la base de la sociedad (tal vez un 80%); mientras que por otro lado están (como algún día oí llamarlos a José Saramago) "los mandarines", los que han dejado de ser personas y se comportan como si el mundo fuese suyo. ¿Alguien se acuerda de Chaplin jugando con la bola del mundo? Ellos, los mandarines, nos han acostumbrado tanto a sus fechorías que, al final, nosotros nos olvidamos que por detrás están drenando nuestra energía, nuestro control y nuestra fuerza. Ellos son los que impiden que una sociedad avance y cambie. Sin embargo, y no lo olvidemos, al final es la gente, el pueblo quien tiene la última palabra. Y eso habría que recordárselo. Una sociedad solo avanza en la transparencia, la justicia y la verdad.- Elías de Vega. Rianxo, A Coruña.

Como periodista, el caso Wikileaks me demuestra quizá la verdad más escabrosa para quienes ejercemos esta profesión: la existencia de una versión oficial y de otra extraoficial.

El solo hecho de que coexistan ambas versiones, contrastadas con frecuencia en el mundo de la política, del Gobierno y la diplomacia, nos advierte algo terrible: si existe una versión extraoficial se debe a que casi siempre la versión oficial miente.

Durante mis años de ejercicio del periodismo político en Chile, en el diario El Mercurio, me tocó comprobar con frecuencia esta aseveración. Mientras las fuentes tratan de vendernos a los medios sus versiones oficiales, nuestro deber como periodistas es obtener la extraoficial, la versión incómoda, molesta, la políticamente incorrecta; la que en casi el 100% de los casos es la verdadera, pero que no se dice, sino que se oculta o se disfraza. En otras palabras, se miente. Esta es la dura verdad. Si los Gobiernos o instituciones no mintieran o disfrazaran las informaciones, no existirían dos versiones. Siempre habría una: la verdadera.- Bruno Ebner. Corresponsal del diario El Mercurio de Chile. Madrid.

Nadie duda de que José Couso fue asesinado en el ejercicio de su profesión por tres soldados americanos. Hasta aquí todos de acuerdo, incluido el Gobierno. Debo reconocer que ver a sus responsables -el sargento Thomas Gibson, el capitán Philip Wolford y el teniente coronel Philip de Camp- entrando por la Audiencia Nacional para rendir cuentas ante el juez Santiago Pedraz me parecería pura ciencia-ficción, pero tener que tragarnos que su impunidad la suscriben ministros y fiscales españoles es un exceso de realismo. Y no consuela constatar en esos miles de cables la sumisión de todos los Gobiernos ante el Imperio. Sigue doliendo igual, y preferiría que el nuestro reconociera en voz alta su impotencia a que se ofrezca a dar explicaciones en privado a la familia Couso -¡como si a los demás no nos incumbiera el caso!-. Si no se asumen responsabilidades en este asunto su autoproclamada inmunidad los igualará a los soldados americanos y los hará cómplices de un crimen que no deberíamos olvidar. ¿De qué pasta esta hecha esta clase política que no se siente obligada a rendir cuentas?

En el otro extremo, 200 sitios actúan hoy como espejo de Wikileaks, garantizando nuestro derecho a saber la verdad. Ojalá sigan haciéndolo y ojalá también conozcamos, la conversación entre Moratinos y Tzipi Livni sobre la rebaja de la legislación española en materia de jurisdicción universal, que ponía en peligro a siete altos cargos israelíes. Tal como está el percal, ¿qué hace una con su voto en 2012 si quiere un Gobierno de izquierdas en este país.

Ana Sánchez, Barcelona
elpaís.com 

*

Información transparente contra el secretismo de los Gobiernos

29/11/10

fjsSi de algo podemos dar testimonio los periodistas es de cómo a lo largo de los últimos años la información, las noticias, nuestro trabajo, se ha ido haciendo cada día más difícil debido a la opacidad, la falta de transparencia, el gusto por el secretismo y la creciente capacidad de manipulación de los datos exhibida por organismos oficiales y entidades privadas. En algunos países se ha intentado poner freno a ese tsunami a través de leyes que obligaran a los organismos oficiales a difundir parte de la información de que disponen o que manejan, las llamadas Freedom Information Acts (inexistente todavía en España). Aun así, millones de documentos han quedado fuera de esas leyes al aplicárseles, muchas veces de manera rutinaria y poco razonada, la categoría de "clasificados" o de "secretos".

La aparición de Wikileaks ha venido a cambiar radicalmente ese panorama. Creada en 2006 y presidida por el australiano Julian Assange, tiene por objetivo proporcionar a los ciudadanos noticias e informaciones importantes que consigue gracias a filtraciones a las que, mediante un imponente esfuerzo tecnológico, ofrece total anonimato. Personas que tienen acceso a informaciones que consideran de relevante interés público pueden ahora depositarlas en una "caja electrónica" que garantiza una total protección de la fuente. Pero Wikileaks no se limita a recoger esa información y lanzarla después a la web, sino que la somete a un serio escrutinio para verificar su autenticidad y, posteriormente, a la investigación de periodistas que trabajan de acuerdo con principios profesionales y éticos y que se encargan de su comprobación y análisis, facilitando la comprensión y el contexto de todo ese material inicial. Los responsables de Wikileaks y los periodistas que acceden a esas informaciones están comprometidos profesional y voluntariamente a eliminar o posponer detalles que puedan poner en peligro la vida de personas o la integridad de las fuentes.

La primera gran filtración de Wikileaks fue el vídeo que demostró cómo soldados norteamericanos mataron a un fotógrafo de Reuters, a su ayudante y a nueve personas más, sin que en ningún momento ninguno de ellos hubiera hecho el menor gesto que pudiera ser interpretado como una amenaza por la tripulación del helicóptero agresor. La agencia Reuters había pedido reiteradamente ese vídeo, sin que las autoridades competentes hubieran aceptado la obligación de proporcionarlo.

Poco después, el 25 de junio de este año 2010, los diarios The New York Times, The Guardian y Der Spiegel difundieron un conjunto de informaciones relacionadas con 92.000 documentos sobre la guerra de Afganistán facilitados por Wikileaks, y el 22 de octubre se hicieron públicos casi 400.000 documentos del Departamento de Defensa de Estados Unidos relacionados con la guerra de Irak, entre el 1 de enero de 2004 y el 31 de diciembre de 2009. Por primera vez, se constató que las autoridades norteamericanas conocían el uso sistemático de la tortura, que las víctimas en Irak se cifraban oficialmente en 109.032 muertos y que el 63% eran civiles.

La principal acusación que se formula siempre contra periodistas y medios que publican documentos clasificados como secretos por los Gobiernos de países democráticos es que se pone en peligro la vida de personas, o la propia seguridad del Estado. Fue la misma acusación que se formuló contra el New York Times o The Washington Post cuando publicaron, en 1973, los famosos Papeles del Pentágono, el exhaustivo análisis encargado por el propio secretario de Defensa Robert McNamara sobre la implicación de Estados Unidos en el conflicto de Indochina.

En aquella ocasión, el Tribunal Supremo norteamericano emitió una sentencia histórica, apoyando el derecho de publicación y afirmando que era la Administración la que debía demostrar en cada caso y en cada artículo que existía realmente ese riesgo. "Todo sistema de censura previa del que conozca este tribunal tiene una fuerte presunción de estar viciado de inconstitucionalidad", afirmaba el TS. Ninguna de aquellas informaciones publicadas por el NYT o por el WP puso nunca en peligro la vida de personas, ni la seguridad nacional de un Estado democrático. En aquel caso, como en los suscitados ahora por las filtraciones de Wikileaks, ocurrió exactamente lo contrario. La información ayudó a salvar vidas inocentes y a mejorar la salud de las democracias fortaleciendo su transparencia y su responsabilidad.

"La publicación [de estas informaciones] mejora la transparencia, y esa transparencia crea una mejor sociedad para todo el mundo. Una mejor vigilancia permite reducir la corrupción y hacer más fuertes a todas las instituciones de la sociedad, incluidos los Gobiernos, corporaciones y todo tipo de organizaciones. Unos medios periodísticos vibrantes, sanos e inquisitivos desempeñan un papel vital en alcanzar esos objetivos. Somos parte de esos media", asegura la carta de presentación de Wikileaks. Quienes participamos ahora de esta historia compartimos la creencia de que los medios de información responsables deben intentar no solo responder a las preguntas que se hacen los ciudadanos, sino, sobre todo, ayudarles a formular las preguntas correctas, esenciales precisamente para su comportamiento cívico. La primera de esas preguntas es siempre: "¿Quién decide por mí? ¿Cómo ha llegado a esta decisión? ¿Qué datos maneja y que objetivos persigue en mi nombre?". La nueva filtración de Wikileaks supone un gran avance en ese aprendizaje.

Soledad Gallego Díaz
elpaís.com 

 

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