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"Ensayo sobre la lucidez": La novela de los ciudadanos conscientes de su poder

Lunes, 14.02.11

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¿Qué pasa cuando los ciudadanos deciden enfrentarse a los sátrapas? ¿Y cuándo exigen dignidad a los partidos y a sus dirigentes? Salir a la calle para expresar una opinión ¿es un acto revolucionario o un deber cívico? ¿Es subversión o es poner en valor conceptos que parecen olvidados como dignidad y transparencia democrática?

Tunez, Egipto, Italia, por no ir más lejos. Tres lugares en los que estos días las personas más conscientes han decidido tomar la palabra y hacerlo de forma clara, rotunda, pacífica, con argumentos basados en las leyes internacionales. Contra todas las formas de iniquidad, contra los que abusan del poder que supuestamente recibieron del pueblo, o se lo apropiaron con medidas coercitivas, los que hacen del parlamento una camarilla para dar visos de legalidad a maniobras turbias, los que no respetan a los ciudadanos y de las ciudadanas pretende hacer mercancía, losfjs que piensan que la sociedad es basura y puede aceptar en silencio toda la mierda que se le eche encima, contra ésos han reaccionado quienes piensan, sienten y se respetan, hombres y mujeres valerosos y definitivos que no aceptan sobornos ni siguen dictados ilegales, que son conscientes de su valor y de la universalidad de los Derechos Humanos. Esos hombres y mujeres fueron retratados por José Saramago en Ensayo sobre la lucidez, un libro cada día más imprescindible y más actual.

La Fundación José Saramago propone lecturas públicas de esta novela que, siendo una ficción, es también una reflexión sobre el valor de cada ciudadano y del colectivo a que llamamos sociedad. En un país sin nombre y en día de elecciones la voluntad de los electores se expresa en las urnas. Pero al poder no le gusta el resultado y, pertrechándose tras decisiones administrativas arbitrarias, decide dar una lección, sin darse cuenta de que los ciudadanos no abdican ni pierden su poder al introducir las papeletas en las urnas. Por eso no se resignan, no aceptan la manipulación, se mantienen dignos frente a la violencia del estado, la provocación de los matones, la complicidad de los medios. Y suceden episodios distintos, unos dirigidos por el poder para amedrentar, otros, espontáneos, de personas que no se resignan a ser estadística, que reclaman el derecho y el deber de organizar el presente y el futuro de sus países sin sátrapas, sin demagogos, sin medios carroñeros que encuentran siempre la explicación a los desmanes de los poderosos. Como está pasando estos días en tantas partes del mundo.

Ensayo sobre la lucidez es una ficción, pero también un retrato. Es una novela, tal vez un ensayo con personajes, desde luego el deseo explicito del autor que ansiaba la participación efectiva en la cosa pública de todos, que reclamaba los deberes y derechos en los códigos y en las conciencias. Para que la vida sea más habitable. Si nos lo permiten, si lo conseguimos.

Algunos momentos de la novela:

Como en Cairo

A las once de la mañana la plaza ya estaba llena, pero allí no se oía nada más que inmenso respirar de la multitud, el sordo susurro del aire entrando y saliendo de los pulmones, inspirar, espirar, alimentando de oxígeno la sangre de estos vivos, inspirar, espirar, inspirar, espirar, hasta que de repente, no completemos la frase, ese momento, para los que han venido aquí, supervivientes, aún está por llegar. Se veían innumerables flores blancas, crisantemos en cantidad, rosas, lirios, azucenas, alguna flor de cactus de translúcida blancura, millares de margaritas a las que se perdonaba el círculo de color en el centro. (pp. 175-176)

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Papeles

algo extraño ha sucedido en la ciudad, estos hombres y estas mujeres que van distribuyendo pequeños papeles que los transeúntes se detienen para leer y después se guardan en los bolsillos, ahora mismo acaban de entregarle uno al comisario, es la fotocopia del artículo del periódico secuestrado, ese que lleva el titular Qué más nos falta por saber, ese que cuenta entre líneas la verdadera historia de los cinco días, entonces el comisario no consigue reprimirse, y allí mismo, como un niño, rompe a llorar convulsivamente, una mujer de su edad se le acerca y le pregunta si se siente mal, si necesita ayuda, y él sólo puede gesticular que no, que está bien, que no se preocupe, muchas gracias, y como el azar a veces hace bien las cosas, alguien desde un piso alto de este edificio lanza un puñado de papeles, y otro, y otro, y aquí abajo, la gente levanta los brazos para alcanzarlos, y los papeles vuelan como palomas y uno descansa un momento en el hombro del comisario y luego se desliza hasta el suelo. Resulta que no toso está perdido, la ciudad ha tomado el asunto en sus manos, ha puesto en marcha cientos de máquinas fotocopiadoras, y ahora son grupos animados de chicas y chicos los que van metiendo los papeles en los buzones de las casas o los entregan en las puertas, alguien pregunta si es publicidad y ellos responden que si señor, y de la mejor que hay. (pp. 407-408)

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Anuncio en los medios

Era el preludio del terremoto político que no tardaría en producirse. En las casas, en los cafés, en las tabernas y en los bares, en todos los lugares públicos y privados donde hubiese un televisor o una radio, los habitantes de la capital esperaban, más tranquilos unos que otros, el resultado final del escrutinio. (p. 45)

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A esta hora matutina, mientras se lavan, visten y toman el café con leche de todas las mañanas, las personas oyen la radio aanunciando, excitadísima, que el presidente, el gobierno y el parlamento abandonaran la ciudad esta madrugada, que no hay policía en la ciudad y el ejército se ha retirado, entonces encienden la televisión que les ofrece en el mismo tono la misma noticia, y tanto una como otra, radio y televisión, con pequeños intervalos, van informando de que, a las siete en punto, será transmitida una importante comunicación del jefe del estado dirigida a todo el país y, en particular, como no podía ser de otra manera, a los obstinados habitantes de la ciudad capital. (pp. 119.120)

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El plan de retirada

El plan de retirada que finalmente se aprobó era una obra maestra de acción táctica, que consistía basicamente en una bien estudiada dispersión de los itinerarios para dificultar al máximo las concentraciones de manifestantes acaso movilizados para expresar el disgusto, el descontento o la indignación de la capital por el abandono a que iba a ser sentenciada. Habría un itinerario exclusivo para el jefe de estado, pero también para el primer ministro y para cada uno de los miembros del gabinete ministerial, un total de veintisiete recorridos diferentes,, todos bajo la protección del ejército y de la policía, con carros antidisturbios en las encrucijadas y ambulancias al final de las caravanas, por lo que pudiera suceder. El mapa de la ciudad, un enorme panel iluminado sobre el que se trabajó aplicadamente durante cuarenta y ocho horas, con la participación de mandos militares y policiales especializados en rastreos, mostraba una estrella roja de veintisiete brazos, catorce mirando al hemisferio norte, trece apuntando al hemisferio sur, con un ecuador que dividía la capital en dos mitades. Por esos brazos se deberían encaminar los negros automóviles de las entidades oficiales, rodeados de guradaespaldas y walki-talkis, vetustos aparatos todavía usados en este país, pero ya con un presupuesto aprobado para su modernización. (p. 104)

Entonces, oh sorpresa, el asombro, el prodigio nunca visto, primero al desconcierto y la perplejidad, después la inquietud, después el miedo, clavaron sus garras en las gargantas del jefe de estado y del jefe de gobierno, de los ministros, secretarios y subsecretarios, de los diputados, de los guardias de seguridad de las furgonetas, de los batidores de la policía, y hasta, si bien en menor grado, del personal de las ambulancias, por profesión habituados a lo peor. A medida que los automóviles iban avanzando por las calles, se encendían en las fachadas, una tras otra, de arriba abajo, las bombillas, las lámparas, los focos, las linternas, los candelabros si los había, tal vez algún viejo candil de latón de tres picos, de esos que se alimentaban con aceite, todas las ventanas abiertas y desbordando, a chorros, un río de luz como una inundación, una multiplicación de cristales hechos de lumbre blanca, señalando el camino, apuntando la ruta de la fuga a los desertores para que no se pierdan, para que no se extravíen por atajos. La primera reacción de los responsables de la seguridad de los convoyes fue dejar de lado todas las cautelas, ordenar que se pisaran los aceleradores a fondo, doblar la velocidad, y así se comenzó a hacer, con la alegría irreprimible de los motoristas oficiales, qienes, como es universalmente conocido, detestan ir a paso de buey cuando llevan doscientos caballos en el motor. No les duró la carrera.

Limpiando las calles

El editorial fue leído, la radio repitió los fragmentos principales, la televisión entrevistó al director, y en eso se estaba cuando, al mediodía exacto, de tosas las casa de la ciudad salieron mujeres armadas con escobas, cubos y recogedores y, sin una palabra, comenzaron a barrer las portadas de los edificios donde vivían, desde la entrada hasta el medio de la calle, donde se encontraban con otras mujeres que, desde el otror lado, para el mismo fin y con las mismas armas, habían bajado. (p. 136)

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Pilar diz que Saramago antecipou acontecimentos nos países árabes
(Público)

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