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Claraboya, por Hector Abad Faciolince

Sábado, 31.03.12

Hace algunas semanas leí Claraboya, la segunda novela de José Saramago. El libro fue escrito hace 60 años, cuando Saramago era muy joven todavía. En vista de que la novela fue rechazada en su momento por una editorial, y en vista de que el autor no conservaba copia alguna de la misma, el libro estuvo guardado durante decenios, primero en alguna caja perdida de la editorial, y luego en la casa del escritor en Lanzarote, cuando Saramago pidió que se la devolvieran. Nunca hasta ahora había sido publicada.

Es una experiencia curiosa, y en este caso feliz, leer el libro de un joven que -ahora lo sabemos- llegaría a ser, de adulto, un genio de las letras. También los grandes atletas tienen que aprender a caminar en algún momento de sus vidas; tampoco los grandes escritores nacen aprendidos, y fallan. Pero a veces pasa que, incluso en sus primeros esbozos, muestran ya de algún modo el talento innato que tienen y dejan entrever el genio que tendrán.

La trama de Claraboya es fácil, casi decimonónica. Se trata de un edificio con las paredes transparentes, o con una inmensa ventana transparente desde donde se ven las almas de las personas que habitan los distintos apartamentos de ese microcosmos que es un bloque de viviendas. En este sentido este libro es un hermoso ejercicio de psicología, de sociología y de inventiva. El novelista que la escribió era ya un genio, aunque no dispusiera todavía de todos los recursos que él mismo se inventaría para crear su mundo imaginario.

Al leerla lo que más me impresionó, quizá, fue lo mucho que ha cambiado el mundo (la narración es también un cuadro de costumbres) desde ese 1952 de la trama, hasta hoy: ante todo esa presencia casi necesaria de la prostitución como manera normal en que se dan las relaciones sexuales de los hombres solteros o de los hombres hartos del matrimonio. También como opción y caracterización de una mujer libre, capaz de sobreponerse a todos los convencionalismos mediante el antiguo artificio de vender su cuerpo. En ese sentido la novela tiene algo de un mundo ya pasado (como del mejor Eça de Queiroz), pues el espejo que mostraba lo que era ese medio siglo, se parecía más a los comienzos del siglo XX que a sus finales. Tantas cosas cambiaron de 1950 al año 2000, quizá sin darnos cuenta. La segunda mitad del siglo XX, y en esta novela se ve muy bien, transformó todas las jerarquías, todas los usos sexuales, todas las costumbres maritales.

Mucho se habla con desconfianza de los “cajones de las viudas”, que parecen estar repletos de obras inéditas, simplemente para la voracidad de estas señoras, aparentemente enfermas de codicia y ansiosas de ordeñar unos cuantos años más de regalías. Este no es el caso. Pilar del Río no está rescatando nada que no deba ser publicado: es una pequeña joya, esta Claraboya, y así lo dijimos varios en un corto que, para presentar la novela, se hizo hace pocas semanas. Si quieren verlo, aquí está:

Saramago tenía 30 años -e incluso algo menos- cuando escribió esta novela. Ya no era un muchacho; todavía no era el hombre maduro que llegaría a ser: era, me lo imagino yo, un poco como Abel (uno de los personajes más amables del libro), pero aspiraba a ser como el zapatero, Silvestre, la figura más entrañable de la novela, quizá por su parecido con el abuelo del mismo Saramago (Jerónimo Hilário), a quien el libro está dedicado. Y como quizá en parte Saramago ya sabía para dónde iba (todo escritor ha de ser un adivino), a ese lugar llegó, incluso en el amor sereno y sincero por su esposa, la amorosa persona que ahora rescata el libro. A diferencia de la mayoría de las familias (tan sórdidas) que aparecen en Claraboya, Saramago quiso construir otra cosa. Quizá escribimos lo que nos aterra para nunca caer en abismos así. Tal vez los libros que escribimos a los 30 indican lo que seremos a los 70 o a los 80: de ahí que los jóvenes se fijen mucho, a esa edad, cuando escriben, en sus personajes viejos, pues son ellos, quizá, el anuncio de lo que llegarán a ser: Saramago, al final, fue alguien como Silvestre, el amoroso zapatero sabio, e incluso el predicador comunista que a ratos llegaría a ser.

Esta novela juvenil de José Saramago para mí es entrañable. Fue escrita por alguien mucho más joven que yo, pero que entonces era ya un hombre con una sensibilidad y una capacidad de ver y de entender que están muy por encima de lo que en general vemos y entendemos los comunes mortales. Es una novela de cristal, transparente, donde se ve dentro de las casas y también se lee el pensamiento de los demás, a través de los cráneos de cristal de los personajes. Y de un modo curioso, cierra además un círculo con los nombres: si la última novela publicada en vida por Saramago fue Caín, aquí el personaje que representa al autor de entonces se llama Abel. Los que hemos amado los libros de Saramago no nos decepcionamos al leer los primeros intentos -ya sabios- de su prosa.

Fuente: El Espectador

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